miércoles, 28 de enero de 2009

El Regreso

Héme de nuevo en África y en éste, mi querido Mozambique. Desde que lo abandoné hace casi un año, he vuelto algunas veces, por poco y ajetreado tiempo, pero, por diversas razones, nunca encontré el momento adecuado para regresar a este diario que parecía cerrado para siempre igual que el ciclo de mi vida en este hermoso país. Sin embargo, al cruzar el hilo simbólico del primer año, con la perspectiva que dan los meses y las cosas que han ido pasando y transformando aquéllo que encontré cuando llegué aquí el primer día,me ha parecido buena idea volver a estas memorias, para que el viaje de regreso sea doble, a la realidad africana y al encuentro con este pequeño catálogo de reflexiones, aventurasy crónicas.
Regresar a donde uno fue feliz es siempre un arriesgado ejercicio.Ya lo dice Sabina aunque, antes de él, también lo dijo medio mundo, desde Carrascal a Jorge Manrique y, siempre el primero, desde luego, el incomparable Horacio. Y lo es especialmente en este mundo en el que casi todos los que están, se hallan de paso; dos años después de mi desembarque en Mozambique, me he convertido en el decano de la colonia española (excepto el Embajador), del grupo de trabajo y de de casi media ciudad. Apenas queda nadie de los que me recibieron, que han ido abandonando -como yo- unos puestos cuya duración media oscila entre los seis meses y los dos años. Buenos amigos se han ido para siempre y otros han viajado a otras partes del país o del mundo.Todo ello ha convertido a Maputo en una ciudad algo melancólica, llena de buenos recuerdos, pero, también, de ese bellísimo e intraducible sentimiento portugués llamado saudade.
Maputo está en pleno verano, atravesado por una terrorífica ola de calor húmedo, excelente para las vías respiratorias, pero pésimo para casi todo lo demás. La inseguridad parece haber aumentado aunque la vida cotidiana sigue como siempre sin especiales oscilaciones.
El fin de semana pasado, huyendo del calor plomizo de la Bahía, me fuí a Swazilandia para visitar el parque de Mkhaya. Es una pequeña reserva al sur del país caracterizada por tener una próspera colonia de rinocerontes blancos y negros. El entorno es espectacular y los lodges donde se alojan los visitantes se encuentran totalmente abiertos a la sabana, sin paredes, de forma que se acentúa la sensación de dormir al raso y, de paso, la incertidumbre de saber si uno recibirá alguna desagradable visita nocturna. Durante las varias salidas que realizamos, a pie, pude ver de muy cerca varias parejas de rinocerontes blancos, elefantes, búfalos y un cocodrilo enorme que cruzó por delante de mí dejándome con la sangre más helada que la suya. Prometo poner algunas fotografías en cuanto tenga los instrumentos técnicos necesarios.

jueves, 6 de marzo de 2008

Ex Africa

En apenas cinco días dejo Maputo. En esta frase se resume más de un año de trabajo, de experiencia y de sensaciones. Un año que pasó en un instante, como aquél cuento que comenzaba: “érase una vez un niño… y pasaron 30 años”.
Si mi vida aquí tuviera que resumirse en algo, apostaría por un aroma. Aquél que percibí cuando llegué y el que me ha acompañado, desde entonces, en cada jornada. El olor de África. No es algo definido, ni siquiera único, es una sinfonía compleja e indescriptible. Viene como el aire y te envuelve sin dejar un resquicio al abrigo; un abrazo de sensaciones extrañas, a veces dulce, a veces despiadado y amargo, a veces nada.
He sido un blanco negro, un viajero permanente y un español mozambiqueño. Ahora que vuelvo, compruebo que hice un buen trueque: a cambio de todo lo que he dejado aquí, me llevo un recuerdo imborrable. En realidad, no; sólo son los turistas los que se llevan recuerdos; los viajeros se llevan emociones.
No soy hombre de despedidas y no voy a hacerlo ahora. Regresaré a Maputo y recorreré sus calles nuevamente. Una parte, no pequeña, seguirá conmigo y espero que con todos los que compartieron estos días. Kanimambo a todos.
Ex Africa semper aliquid novi.

viernes, 29 de febrero de 2008

Cocidito montañés

Mi querida cidade feitiço está atravesando una terrorífica ola de calor. La humedad está en sus máximos y los termómetros señalan frecuentemente los cuarenta grados. Es una combinación demoledora. El mínimo esfuerzo o paseo supone una inmersión automática en un incontenible sudor y falta de aire. Apenas se puede andar antes de la puesta del sol.
Para celebrar esta ola, no se nos ocurrió nada mejor que obsequiarnos con un cocido santanderino. La amabilidad de un amigo de allí y la ocasión de la vuelta a Maputo de su mujer que venía de España con los pertrechos idóneos, le sugirió la idea de reunirnos a todos para dar cuenta de una fabulosa tijela repleta como nunca había visto antes de fabes, verdura, morcilla, chorizo, tocino y demás joyas desconocidas por estos lares.
El aperitivo consistió en una espectacular selección de embutidos españoles entre los que destacaba con brillo propio un choricillo picante a cuyo fabricante los cielos conserven la vida mucho tiempo. Después nos regalamos con una bandeja interminable de langostinos en tempura y acometimos, finalmente, la olla del cocido con toda el ansia que proporciona estar tanto tiempo de carencia.
El cocido estaba sublime e hicimos los honores repetidamente, mojando el pan en el tocinillo y rebañando las salsorras con toda dedicación. El condumio fue regado con un número indefinido –pero elevado- de un rioja de extraordinaria calidad y finalizamos la refección con varias bolas de helado y un orujito digestivo.
Dando tumbos, nos fuimos a casa a dormir la siesta bajo un sol de justicia.
Los efectos del cocido, del morapio y del calor, hicieron sus efectos de inmediato y pasé el resto del fin de semana en un estado de catatonia y empacho del que sólo logré recuperarme el lunes siguiente. Consultados otros comensales, coincidieron en haber sufrido los mismos síntomas y es que, a veces, olvidamos que llevamos mucho tiempo fuera y que nuestros pobres organismos ya no están habituados a la contundencia de aquellos nuestros deliciosos pero aguerridos platos tradicionales, poco adecuados, además, para este mundo africano.

miércoles, 20 de febrero de 2008

El misterio de la carretera de la Costa del Sol

Hay grandes misterios que acongojan a la humanidad y otros, pequeños pero igual de incomprensibles, que hacen la vida diaria un poco más divertida, aportando una simpática dosis de suspense o intriga que, a modo de pequeño rompecabezas, sirve para ocupar tiempos muertos, excitar nuestra curiosidad natural por las cosas o ejercitar nuestras rutinarias mentes en la búsqueda de soluciones imaginativas.
Un servidor, por ejemplo, siempre se ha preguntado porqué las guías de teléfono por nombres son mucho más gordas que las de calles; ¿no hay, en todo caso, el mismo número de teléfonos?. ¿Alguien ha logrado agotar alguna vez un bolígrafo Bic?. ¿Adan y Eva tenían ombligo? ¿Por qué apretamos más fuerte los botones del mando a distancia cuando tiene pocas pilas?; ¿Por qué hablamos más alto cuando nos dirigimos a un extranjero?; ¿Por qué cuando en el coche no vemos algo apagamos la radio?; ¿Por qué las magdalenas se ponen duras y las galletas blandas?;¿Por qué en cualquier oficina de atención al usuario siempre hay más ventanillas que empleados?; o, finalmente, ¿como llaman en Rusia a la ensaladilla rusa?.
Uno de los misterios específicos de Maputo es saber por qué los coches que circulan por la Avenida de la Costa del Sol lo hacen a veinte kilómetros por hora. Se trata de una carretera que recorre la playa, desde el malecón de la ciudad hasta el barrio de Costa del Sol, a lo largo de unos siete kilómetros. Es una vía muy transitada y la mayor parte de los coches que circulan por ahí lo hacen a velocidades de tortuga reumática sin que pueda explicarse la razón. “Pasean”, me dijeron un día; pero no es así porque hay furgonetas que llevan batallones de trabajadores, otros van de servicio o incluso hay chapas que hacen su ruta. “Van con sus novios/as charlando embelesados”. Error. La mayoría viajan solos. “Disfrutan del paisaje”. Incorrecto. Cuando les adelantas, adviertes que van atontados mirando hacia el frente. “Escuchan música”. Nuevo gazapo, son silenciosos como peces. “Son prudentes”. Inexacto, en cuanto llegan a la avenida Julius Nyerere aceleran como posesos.
No se trata de que vayan despacio, es que van con-de-na-da-men-te despacio, probablemente ensimismados o poseídos por algún miasma fantasmal que les impide cambiar a segunda. Hacer un recorrido por esta carretera, si tienes algo de prisa, se convierte en un florido catálogo de juramentos y adelantamientos desesperados. Una tortura que se multiplica infinitamente porque el problema no lo provocan uno o dos coches, sino caravanas enteras, todos a la velocidad de un caracol. Si, por desgracia, te encuentras además con una boda, la cosa se transforma en una comitiva infernal compuesta de decenas de coches, atiborrados de invitados sospechosamente alegres que van cantando a grandes voces. Único caso, por cierto, en el que la policía se muestra comprensiva lo que, habiendo exceso de ocupación en cualquier vehículo, hace que el conductor advierta: “si nos paran los de tráfico, a cantar todos”.
He preguntado a media humanidad por el misterio de los coches-oruga de la Costa del Sol y nadie ha logrado dar una respuesta satisfactoria. Me dan ganas de bajarme un día de mi carrinha, alcanzar a alguno de ellos (se puede conseguir a pie sin problemas) y hacerle una pequeña encuesta. Probablemente, tampoco obtendría otra respuesta que una amable sonrisa.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Primeros planos





Se trata de animales recogidos por el Rehabilitation Center de Moholoholo, en Africa del Sur, provincia de Mpumalanga.

martes, 5 de febrero de 2008

Pandemónium

La tarde de ayer fue una versión añadida y aumentada de lo que sucedió por la mañana. Grupos de jóvenes, en su mayor parte, tomaron literalmente el centro de la ciudad y las principales avenidas y cortaron los accesos colocando barricadas en las carreteras nacionales. A última hora de la tarde, los ánimos parecieron calmarse después de la intervención del gobierno llamando al orden y prometiendo una reunión con los chapeiros. Ya de noche, las calles que pude atravesar hasta llegar a casa eran el paisaje después de la batalla: ruedas ardiendo, barricadas deshechas, cristales rotos por todos lados, comercios y casas cerrradas a cal y canto y un vacío sepulcral. Después de haber pasado todo el miedo del mundo, mi guarda me dijo que habían herido de bala a un sobrino suyo que estaba en el hospital. Hoy, el gobierno ha anunciado que suspende la subida de tarifas hasta que encuentre otra solución. Pero el problema continúa; ahora son las chapas las que no salen a la calle a menos que se suban los precios. La ciudad sigue a la espera.

Revolta

La ciudad está en llamas.
Ya he tenido ocasión de describir el sistema de transporte en Maputo. Dejando aparte los machibombos, cuya utilidad es prácticamente nula, todo el mundo se mueve en chapa. Los precios de las chapas son fijados por el Ministerio de Transportes que ha negociado recientemente un aumento de tarifas. El trayecto corto ha pasado de 5 (14 céntimos de euros) a 7.5 meticales (21 céntimos) y el largo o interurbano, de 7 a 10.
El aumento ha provocado una revuelta feroz de usuarios que actualmente está en pleno desarrollo y que ha transformado este día 5 de Febrero en un martes negro. Cronología de última hora:
7:00 Comienza una revuelta popular en los barrios periféricos. Los usuarios levantan barricadas para evitar que las chapas circulen. Comienzan a verse coches de la policía en el barrio de Malhazine.

10:00 La televisión comienza a informar de la revuelta. Grupos de usuarios cortan el barrio de Jardim y atacan a los coches que intentar pasar por allí. Se cierra la carretera nacional I.

10:20 En la plaza OMM, guardas privados de seguridad evitan que los ciudadanos incendien las estaciones de servicio que se encuentran allí. Comienzan los tumultos en la Avda. Eduardo Mondlane, donde está el edificio de la Cooperación Española y muy cerca de mi lugar de trabajo.
En la misma plaza OMM, los revoltosos comienzan a apedrear a los vendedores ambulantes que allí se encuentran. Hay grupos que comienzan a desplazarse en dirección a la Avda. Kenneth Kaunda.

11:00 Se interrumpe la circulación en la Carretera Nacional I con neumáticos ardiendo. Los machibombos que hacen rutas interurbanas están detenidos alrededor del Edificio de la 18ª Esquadra de la Policía.

11:20 La policía dispara contra los revoltosos del barrio Jardim. El diario online “O pais” dice: "Actos de vandalismo estão a acontecer em vários pontos da cidade de Maputo em protesto contra o agravamento da tarifa dos transportes semi-colectivos, vulgo “chapa cem”, a vigorar a partir de hoje, 5 de Fevereiro. Um número ainda não especificado de viaturas, incluindo particulares e da Polícia da República de Moçambique, encontram-se danificadas e várias vias de acesso, como a que liga a capital às restantes províncias do país, foram bloqueqadas”.
(La fotografía del neumático ardiendo es de este periódico)

11:30 Se ven hogueras y se oyen disparos frente al Hospital Central de Maputo en la Avda. Eduardo Mondlane, frente al edificio de la Cooperación Española. Se ven grupos corriendo por la calle.

11:43 Situación tensa frente al antiguo Instituto de Educación Física en Avda. Eduardo Mondlane. El profesorado y los alumnos están inquietos y no salen del edificio. Temen por sus coches aparcados en las inmediaciones.

11:45 Se colapsan las lineas telefónicas. En Xiquelene se ven actos de vandalismo y se oyen disparon esporádicos en los barrios Ferroviario, Huele y Mavalane, probablemente de la policía. Jóvenes y menores protagonizan los actos vandálicos.

12:00 Grupos incontrolados han intentado asaltar el Banco Austral del Barrio Jardim pero fueron dispersados por la policía que disparó gases lacrimógenos. Radio Mozambique está transmitiendo un partido de fútbol de la Copa de Naciones. Un policía consiguió evitar ser linchado en Inhagóia gracias a sus colegas. Situación muy tensa.

12:25 La Avda. 25 de Setembro es asaltada. Se han colocado contenedores de basura interrumpiendo la circulación.

12:30 Radio Mozambique comienza su noticiario diciendo que hay disturbios en varios barrios de Maputo por el aumento de las tarifas de las chapas. También dice que hay dificultades en Matola y que la policía intenta evitar el caos.

12:39 Radio Mozambique informa que un coche de la policía ha sido quemado y que han aparecido carros de asalto para retirar las barricadas, pero que los manifestantes vuelven a colocarlas. Nuevos intentos de asalto a las estaciones de servicio Total. El Ministro de Transportes pide calma a la población y dice que las tarifas aprobadas son los mejor que el gobierno pudo conseguir. En Malhazine se producen enfrentamientos entre manifestantes y policías. Se rompen las ventanas de las casas.

12:46 El vice ministro del Interior, José Mandra, habla en Radio Mozambique pidiendo calama. Dice que los precios del combustible subieron y que por eso subieron los precios de las chapas. Habla de diversos daños y de cinco heridos. Según Radio Mozambique, hay un muerto por bala. En Xai-Xai, a 200 Km. de Maputo, las chapas no circulan.

12:51 Dos jóvenes han sido tiroteados en su casa de Inhagóia por un policía de paisano. Diversas personas fueron a casa del policía para intentar quemarla pero han sido repelidos por otros agentes que dispararon al aire.

13:07 Varios jóvenes atacan una chapa en la Praza do Museo, rompiendo los cristales y agrediendo luego a diversos vendedores callejeros.

13:15 Grupos de personas apedrean los coches que pasan por la Avda. Eduardo Mondlane. La policía intenta dispersarlos disparando al aire. La ciudad parece desierta.

13:52 Circulan coches por la Avda. Eduardo Modlane aunque muy pocos y muy despacio. La mayoría de las tiendas están cerradas y no circula ninguna chapa por la ciudad.

14:15 Un coche de Electricidad de Mozambique es quemado en Benfica. El Gobierno interrumpe la sesión ordinaria del Consejo de Ministros y anuncia una declaración para esta tarde.

14:35 A esta hora están cerradas todas las escuelas, el comercio formal e informal y las estaciones de servicio. Se trata de una situación inédita en Maputo. Según el sociólogo Carlos Serra, la agitación popular recuerda a la que hubo en el momento de la independencia.

14:45 Se cierra el peaje de Matola y se corta la N4


Para más información:
http://www.oficinadesociologia.blogspot.com/
http://www.opais.co.mz/home/index.php

Bricolage

El mundo del bricolaje no admite medias tintas: o se adora o se aborrece. Yo diría que, cuando se trata de apasionante proyectos voluntarios, como construir un hangar casero para los coches del Scalextric o un armarito de tamaño natural para guardar los puros, la cosa tiene su gracia y hasta gusta. Esto es lo que constituye verdadero bricolaje, del cual hay que desterrar esa otra temible actividad que nuestras esposas suelen asimilar al mismo y que, en realidad, nada tiene que ver: el mantenimiento casero. Que levante la mano el que, al oír que “hay un grifo que gotea”, “la puerta no cierra”, “el niño se ha cargado tu equipo de música”, “parece que el salón necesita una mano de pintura” o, peor, o “¿no crees que el sofá quedaría mejor en aquélla esquina?”no se echa a temblar. Porque esto no es bricolaje, amigos, esto es mantenimiento de propiedad inmobiliaria y entra en otro epígrafe fiscal.
La diferencia es palpable en mi casa de Maputo, cuyas pequeñas deficiencias precisarían de un batallón de operarios a plena jornada. Albañiles, fontaneros y electricistas, principalmente.
El aire acondicionado de mi casa es, admitámoslo, algo deficiente. Para empezar, apenas tiene dos posiciones: encendido o apagado. Lo del termostato es algo demasiado avanzado para los modelos de que dispongo. Por otro lado, aquello del silencio que tanto postulan los fabricantes actuales como característica ideal de estos ingenios, es cosa por completo desconocida. Cuando se enciende alguno de mis aparatos, parece que se pone en marcha un buldózer sin tubo de escape y, por cierto, se mueve casi como ellos (también la lavadora aunque para eso tengo a Silvia que le hace un clinch en cuanto empieza el centrifugado). Por la noche, parece que uno viaja en el camarote interior de un crucero, exactamente junto a las turbinas.
Pese a todo, no me puedo quejar, excepto en lo referente a distribución del sistema de aireación, que no llega a todas las habitaciones. En la que uso para trabajar, el calor alcanza estos días extremos asfixiantes hasta el punto de que tengo siempre una toalla a mano para enjugar mi sufrida frente mientras escribo. Como pedir un nuevo aparato supondría tal cúmulo de dificultades que necesitaría creer en la reencarnación para confiar en que algún día dispondría de él, decidí tomar un desvío alternativo y colocar, yo mismo, uno de esos simpáticos ventiladores de techo con luz incorporada que venden en los supermercados sudafricanos. Así que compré uno de ellos y me dispuse a colocarlo durante el fin de semana. Como no dispongo de herramientas, tuve que pedir prestado el material, desde el taladro hasta los tacos, pasando por tornillos y conexiones.
Pertrechado con todo lo que reuní, me puse manos a la obra. Como no dispongo de escalera y tampoco tenía mi gracioso proveedor de ferretería, tuve que improvisar un pequeño andamio con el que llegar al techo, algo alto, por cierto. Coloqué una silla, luego la mesa y luego una caja. Algo precario, pero en fin, no anticipaba yo que la cosa se hiciera tan difícil.
Como apuntaba antes, el bricolaje de mantenimiento es una actividad odiosa pero si, encima, tiene algo que ver con trabajar en el techo, la operación adquiere tintes demoníacos, porque cualquier dificultad se multiplica por mil.
Si hubiera sido el presentador de bricomanía, habría dicho así: “Con este simpático taladro hacemos cuatro hermosos agujeros, ponemos los tacos adecuados, colocamos la plancha, hacemos las conexiones en un pis-pás y colgamos la lámpara. Luego encendemos la luz y voilá!”. Todo en tiempo real.
Bien. Vayamos por partes. Taladrar el techo de mi casa no precisaba de un taladro sino de un martillo eléctrico de tamaño profesional. Con compresor. El hercúleo hormigón del forjado se resistía a dejarse agujerear de modo que, para avanzar un milímetro, el humilde taladro casero que me habían dejado se ponía al rojo vivo, la broca se reblandecía y mis brazos amenazaban con romperse mientras apretaba hacia arriba y maldecía con igual –e inútil- fuerza. Todo esto mientras el polvillo me caía en los ojos, me impedía respirar y cubría la mesa de una capa blancuzca que amenazaba con arruinar para siempre el principesco barniz. A fuerza de juramentos y maldiciones logré hacer los cuatro agujeros aunque dos no tenían la suficiente profundidad y uno la suficiente anchura, de modo que el siguiente paso fue ponerme a adaptar los tacos al desastroso encaje. Con un cuchillo de carne, a falta de uno de aquellos preciosos cúter que cualquier tiene, excepto yo, fui tallando los tacos hasta darles la forma adecuada para encajar en los poco lucidos agujeros.
Los tornillos que venían con el ventilador se probaron poco adecuados para entrar en los tacos. O bien eran muy gordos o el acero muy poco resistente porque en cuanto intenté apretarlos haciendo un mínimo de presión, comprobé con horror que sus cabezas de estrella desaparecían por completo bajo la fuerza del destornillador. Ni para dentro ni para fuera. Después de indescriptibles esfuerzos para sacar aquellos tornillos de lo que parecía su tumba inexorable, coloqué otros que reuní de entre unos restos variados, cada uno de su padre, pero más resistentes aunque igualmente difíciles de atornillar de modo que alguno quedó un poco salido. Finalmente, empero, la placa quedó más o menos colocada y yo hice como que no veía aquéllos defectillos que un ojo técnico mediano me habría afeado.
Hacer las conexiones con una mano mientras se sostiene con la otra el pesadísimo aparato y con la boca una linterna, es un ejercicio que recomiendo para amigos del sado-maso (avanzado) porque no tiene desperdicio. Si a eso añadimos que no tenía destornillador pequeño y tuve que aflojar los tornillitos del contacto con una lima de uñas, que las instrucciones de montaje venían en chino y que la mesa temblaba a cada empellón amenazando con derrumbar todo el andamio, se podrá valorar el mérito de la operación. Si añadimos el calor agobiante y que, a causa de los trabajos, me estaba ya, literalmente, licuando hasta el punto de tenerme que poner calcetines en las manos para hacer de guantes y que no se me cayeran las cosas, se podrá hacer una idea de la gesta.
Tras varios y fallidos intentos de colocar los cables en su lugar, de arriesgar la vida en alguno de ellos en que olvidé desconectar los plomos y de un dolor muscular en los brazos que me acompañará toda la vida y que estoy seguro de que hará acreedor de una incapacidad permanente absoluta con derecho a pensión y medalla, logré terminar los trabajos.
Ahora, mientras que sigo asando de calor porque el sistema consigue bajar un par de grados la temperatura pero poco más, me llena de orgullo contemplar mi obra, un poco desde lejos, es cierto, no vaya a ser que los tacos del techo terminen por rendirse y el ventilador salga volando como un frisbee.

viernes, 25 de enero de 2008

La calle

La situación económica de Mozambique no es muy airosa, ya se sabe; sin embargo, no se aprecia en las calles la miseria que algunos visitantes esperan encontrar. Pero hay señales.
La pobreza, innegable, se extiende a nuestro alrededor pero se concentra o hace más evidente en ciertas áreas, barrios o sectores. En el centro de la ciudad, es también apreciable a través de lo que la teoría política marxista llamaba el lumpenproletariat o personas desclasadas, marginadas o simplemente fuera del sistema legal. Maputo está repleta de personas que se dedican a actividades económicas de todo tipo, desde la pura y simple mendicidad hasta la prestación de servicios mínimos.
Los mendigos suelen ser de dos tipos: los niños, no muy numerosos, pero que suelen concentrarse en las calles de las áreas más favorecidas de la ciudad, y los pobres que sufren algún tipo de deficiencia. Los niños suelen estar en grupos junto a los semáforos en donde se acercan a las ventanillas para pedir alguna cosa, dinero, dulces, un bolígrafo o cualquier cosa que les puedan dar. La mayoría son meninos da rua, sin familia o que huyeron de la que tenían y hoy viven en la calle. La policía intenta solucionar el problema pero, en la mayoría de los casos, ni siquiera ellos se acuerdan de dónde vivían ni a donde podrían regresar y los sistemas de adopción no son los adecuados para resolver el problema de estos niños ya crecidos y con un comportamiento muy especial. Su vida en la calle está llena de calamidades y de miseria, comen lo que les dan o encuentran en la basura, algunos perpetran pequeños robos en coches, fuman marihuana y duermen en cualquier parte.
La mayoría de los mendigos tradicionales sufren algún tipo de deficiencia: desde la lepra hasta la ceguera pasando por cojos, mancos, paralíticos o deficientes mentales. Los casos más graves que no pueden valerse por sí mismos son ayudados por algún familiar que es quien se acerca a los transeúntes o a los coches llevando de la mano al pobre infeliz para provocar compasión y conseguir la limosna.
Los mendigos de Maputo, de todas clases, no suelen ser insistentes. Se acercan a uno y le muestran su desgracia con la mano extendida, murmurando “…tó a peder”. Los niños, por su parte, se llevan la mano a la boca para indicar que tienen hambre. Un gesto negativo o la indiferencia del viandante bastan para que, en general, desistan hasta una próxima ocasión.
Un escalón por encima de los mendigos están los prestadores callejeros de cualquier clase de servicios: desde una reparación rápida del coche hasta el lavado del mismo pasando por limpiabotas, voceadores de periódicos, recargadores de teléfono, vendedores de todo tipo de utensilios, comida, ropa, bebidas, frutas variadas, artículos falsificados de ínfima calidad, guardacoches o gorrillas, porteadores de bultos, traductores de lenguas locales, reparadores de utensilios caseros, hojalateros, latoneros, albañiles, tijoleiros (alicatadores), médicos tradicionales, reparadores callejeros de relojes, zapateros ambulantes, cesteros, descargadores, artesanos de la madera, bisuteros, pintores, tejedores… un inmenso e inacabable mosaico de gente que llena las calles de color y de bullicio y que da una idea aproximada de lo que fue la España de hace algunas décadas y quizá de lo que debía ser un mercado medieval.
El coste de todos estos servicios es muy bajo. En cambio, cualquier tipo de material que no sea encontrado en la naturaleza, incrementará el precio. Hace algún tiempo, hablando con un vendedor de imanes para neveras en el Mercado do Pau que intentaba vender una elaborada pieza por 20 meticales (unos 60 céntimos de euro), me confesaba, casi avergonzado, que la mayor parte del precio no correspondía con la talla y el pintado de la pieza sino con la existencia en su parte trasera del pequeño imán que permitía colocarlo en la puerta del frigorífico. Para conseguirlo, tenía que comprar viejas piezas de electrónica de consumo, principalmente altavoces rotos, de los cuales extraía los imanes para dividirlos en mínimos trozos y colocarlos en cada esculturita. Esa pequeña y elaborada industria casera era lo que constituía su costo base de fabricación. La mano de obra y la madera, eran otra cosa.

jueves, 10 de enero de 2008

Cómo se cruza una calle en oriente

Entiéndase por oriente todo lo que no es occidente y queda más allá de aquello que conocemos como el primer mundo, es decir, utilizando la amplia acepción de exotismo que se usaba en el rococó y en el romanticismo decimonónico, el muy desconocido universo árabe, africano y tropical.
Cuando uno viaja a la India, a Marruecos, a Egipto o a cualquier otra parte del África negra, una de las primeras cosas que extraña es el horroroso caos circulatorio que desborda las vías públicas. Frente al rígido orden reglamentario y casi automático del tráfico occidental, la circulación de vehículos en nuestro oriente parece cosa de orates, chiflada, anárquica y brutal. No hay semáforos y los que hay no se respetan, cada uno pasa y para donde puede, los peatones no existen como sujetos de derechos, los giros se hacen a lo loco y no hay preferencias; en definitiva, cada uno se mueve como Dios le da a entender dentro de un mar de coches, congestionado y feroz, en el que no parece haber reglas.
Pero las hay.
Ante la maraña de tráfico, la mirada espantada del viajero casi siempre lleva aparejada una pregunta: ¿Como es posible que no se atropellen unos a otros y que no haya miles de muertos diarios? Sin embargo, las estadísticas demuestran que el número de accidentes es casi el mismo que en nuestras pulcras y ordenadas ciudades.
La respuesta está en el sistema jurídico. No se asusten los amables lectores pues no van a sufrir una conferencia legal, pero conviene que sepan que el quid de la cuestión radica en que en nuestro mundo y en el de oriente, el sistema circulatorio se basa en principios muy diferentes: en occidente rige el principio de confianza o de seguridad en el tráfico que, dicho en pocas palabras, significa que todos circulamos confiando en que los demás van a respetar las mismas normas que nosotros mismos seguimos. Esto quiere decir, por ejemplo, que cuando llegamos a un cruce con el semáforo en verde no tenemos que mirar a izquierda y derecha para comprobar que los otros se han detenido. Presumimos que es así y continuamos sin reducir la velocidad. Respetamos una norma común que es la que proporciona la seguridad. En esto consiste, más o menos, el principio de legalidad.
En cambio, en oriente, la seguridad no se basa en la confianza hacia una norma o hacia un reglamento abstractos sino hacia las personas, esto es, en la comprobación constante –y por tanto la razonable certeza- de lo que hacen los demás en un momento determinado. Siguiendo nuestro ejemplo anterior, al llegar a un cruce, el conductor oriental no dejará nunca de mirar a todos lados para comprobar qué hacen los otros, cuáles son sus intenciones y en qué medida todo ello le afecta y le permite seguir adelante, maniobrar o detenerse. Esto obliga, naturalmente, a seguir unas ciertas reglas de comportamiento que, a grandes rasgos, podrían concentrarse en dos: déjate ver siempre y no hagas movimientos bruscos. Como es evidente, si nuestra seguridad depende de comprobar lo que hacen los otros, conviene que nuestras intenciones sean obvias y para ello nada mejor que hacernos bien visibles y no engañar a los demás con movimientos intempestivos o inesperados. Las maniobras deben hacerse claramente y con decisión para que el resto de conductores pueda adecuar su marcha y sus intenciones a las nuestras, sin brusquedades, pero sin titubeos.
El paradigma de todo lo dicho es el cruce de una calle por parte de un peatón. Cuando uno de nosotros pretende hacerlo en este mundo oriental, se enfrenta a lo que parece una hazaña de titanes. Si lo intentáramos, pretenderíamos encontrar un hueco entre los coches que circulan velozmente –lo cual es poco probable- o que estos detuvieran su marcha para dejarnos pasar –lo cual es imposible- y si, finalmente, nos lanzásemos, haríamos mil y un intentos, amagos, carreras y detenciones, para sortear los vehículos mientras corremos para llegar a la otra acera. Profundo error que terminaría en casi seguro atropello.
En medio de nuestra desesperación, vemos como, a nuestro lado, una viejecita llena de achaques y de bultos en la cabeza, cruza la calle tranquila y mágicamente como si tuviera un invisible escudo protector. En realidad, sólo utiliza la anteriormente descrita doble táctica: dejarse ver y andar fluidamente, sin brusquedades. De esta manera, consigue que los coches la vean, puedan anticipar sus movimientos y la esquiven adecuadamente. Lo peor que podría hacer es echarse a correr, detenerse súbitamente o retroceder, porque los automóviles ya no sabrían entonces ni calcular la distancia que les separa de ella ni por dónde rebasarla y, viéndose confundidos e incapaces de reaccionar, es más que probable que terminaran atropellándola.
He aquí en pocas palabras, queridos amigos, cómo funciona el sistema en oriente y el motivo de que nos cueste tanto adaptarnos al mismo. Nuestro respeto a la ley y a las normas se contrapone a la seguridad personal e inmediata que proporciona el análisis continuo de lo que hacen los demás. Quien no está acostumbrado a uno de ellos, se enfrenta, además de a una dificultad, a un sistema distinto de entender la vida.

Feliz Año Nuevo

Después de las fiestas navideñas y desde esta tripilla expandida que ha sido tumba de interminables refecciones y banquetes, regresa el Capitán a sus labores. Queda poco ya y espero que sea fructífero.
Un abrazo para todos con los mejores deseos para el nuevo año.

martes, 11 de diciembre de 2007

Una carga al atardecer

Un elefante es una cosa muy grande. Eso lo sabemos todos. También sabemos que es mejor no incomodarle ni estorbar su casi siempre plácida marcha. Suele pasear lentamente, cerca de los caminos, mientras ramonea medio dormido, lanzando de vez en cuando algún resoplido o esparciendo nubes de arena sobre su inmensa cabezota. El fin de semana pasada viajé con unos amigos al vecino reino de Swazilandia. La carretera que une la frontera de Lomahasha con la capital, Mbabane, atraviesa, justamente por el medio del parque natural de Nhlane. Sin necesidad de pagar entrada alguna, el viajero puede ver pasear, a su lado, a cualquiera de los cinco grandes. Al entrar en la zona de parque, un cartel avisa a peatones y ciclistas que deben tener precaución con los leones y los elefantes que cruzan la vía.
Al atardecer, cuando regresábamos a Mozambique, al lado izquierdo de nuestra marcha, vimos muchos animales: ñus, impalas y macacos. Pero también vimos grandes piezas. Un enorme elefante macho junto con un rinoceronte y su cría estaban muy cerca de la carretera que a esa altura aparecía protegida por una cerca de espino. Así que decidimos detener el coche y acercarnos ligeramente para tomar algunas fotografías, animados por la belleza del atardecer en la sabana.Me acerqué lentamente en dirección al elefante y estuve un buen rato haciéndole fotografías. Mis amigos, que venían ligeramente detrás, también se acercaron. En un momento determinado, dejé de mirar hacia el elefante y me dispuse a fotografiar a los rinocerontes. Algunos instantes después, por pura casualidad, volví la vista en dirección al primero y ví con espanto indescriptible que venía corriendo hacia mí.
Un elefante a la carga es una mole de cinco toneladas, con las orejas desplegadas como antenas de radar, que corre a 40 kilómetros por hora y que piafa y resopla como una caldera infernal. Es como si se te viniera encima un tren de mercancías. Pese a la cerca de alambre que, como es de imaginar, no servía absolutamente para nada, la única solución era correr. Y eso que dicen que lo correcto es quedarse inmóvil, pero a ver quién era el guapo que mantiene el tipo en aquéllas circunstancias. Salimos los tres echando chispas en dirección al coche mientras veíamos, con el rabillo del ojo, que el elefante se detenía.
Quizá se espantó por los colores de nuestras ropas, por algún ruido o por un movimiento brusco. No es bueno que te vea de frente o que piense que le cortas la retirada. En cualquier caso, no repetiremos la experiencia. Entre la apacible estampa del elefante que pace y aquélla inmensa bestia a la carga, hay un paso y muy poca capacidad de reacción.

Informe Pericial

El mundo de la obra y la chapuza, en Mozambique, adquiere proporciones cosmogónicas. Una de dos, o funciona todo muy bien y soy yo el que tiene muy mala suerte o la formación profesional de lo técnicos deja bastante que desear.
Mi fontanero, ése que viene cada quince días, mira los crecientes desperfectos de la casa, asiente como diciendo que ya lo tiene todo dominado y desaparece hasta la siguiente consulta, hizo mutis definitivo en lo tocante al flotador del depósito del inodoro. Resulta que la rosca que lo unía al mecanismo de cierre del agua –algo bastante más sencillo que, pongamos, el pilotaje de un carro de bueyes- estaba pasada. Bueno, pues este simple y hasta comprensible hecho, sólo le daba, al fontanero, para forzar la rosca aún más hasta que, naturalmente, se cayó del todo. A mí me parecía que la cosa se solucionaba con un nuevo flotador que tuviera la rosca en su sitio pero el experto canalizador se hacía lenguas sobre lo dificilísimo que era todo aquello añadiendo que, al parecer, alguien de rango superior, probablemente ministerial, debía autorizar tamaña operación de rescate.
Mientras tanto, el depósito estaba paralizado ante el peligro de que, a falta de grifo, el agua cayera sin control e inundara el baño y terrenos circundantes como, efectivamente, había ocurrido un infausto día del que prefiero no acordarme. Afortundamente, como la mancha de humedad misteriosa -a la que ya denomino oficialmente Caras de Bélmez Dos ante la imposibilidad de averiguar su origen- ya ocupa una parte considerable del techo del salón, el refuerzo procurado por el problemilla del depósito apenas se nota y queda confundido y/o asimilado dentro de aquella.
Ante la tántrica actitud del fontanero, decidí tomar el toro por los cuernos y entrar en un almacén de fontanería, curiosísimo lugar lleno de antiguos sabores y reminiscencias. Allí, en la vorágine de peticiones, pagos y consultas, me hice con una boya nueva por el desorbitante precio de 2 euros, boya que coloqué en, exactamente, 13 segundos y que consiguió el milagro de resucitar el otrora ingobernable mecanismo del depósito.
Así las cosas y a estas alturas, no consigo entender por qué mi fiel canalizador no hizo lo propio el primer día; ¿por dinero? ¿por falta de tiempo? ¿por insuficiencia de conocimientos técnicos?. La respuesta no parece ser ninguna de las anteriores y sin embargo, los días pasaban sin solución. Se admiten apuestas.
La segunda aventura reciente se refiere a los trabajos del pedreiro o albañil que, a petición mía durante el invierno pasado, colocó unos ganchos en el techo de los que colgar las redes mosquiteras. También le costó lo suyo, hay que reconocerlo, pero un día aparecieron en su sitio así que me dí por satisfecho.
No había yo instalado las redes hasta ahora, pese a contar con el equipo necesario y los artilugios de los que colgarlas, pero el verano está a las puertas, llueve como si el cielo estuviera a punto de caérsenos encima y los mosquitos comienzan a inundar Maputo como si fueran una plaga mosaica, de modo que la noche pasada me decidí a la instalación.
Como no tengo escalera, la maniobra resultó un tanto arriesgada, sirviéndome al efecto de la cabecera de madera de las camas que, visto su estado general, tampoco era de mucho fiar. El caso es que, al llegar a la primera argollita, no hube apenas pasado la cinta de la red por ella, cuando se descolgó todo el sistema con infernal fragor, dándome un susto de muerte que a pique estuvo de hacerme caer de la precaria situación en la que me encontraba, encaramado a la cabecera de la cama, estirado con los brazos en alto y con la mitad de los pies fuera como si fuera una gallina en su palo. Repuesto del susto, indagué las causas del desastre y confeccioné el siguiente informe pericial:

a) El pedreiro había realizado un agujero en el techo con, probablemente, una broca del 20.
b) El susodicho operario, sólo disponía de tacos del 6
c) En lugar de buscar un taco adecuado al descomunal boquete que había hecho con riesgo para la estabilidad del forjado, decidió hacer un leve apaño
d) El apaño consistió en rellenar el hueco con papel de periódico y luego introducir el taco con la argolla que, como es evidente, quedó malamente fijada porque el papel, ni siquiera el de los rústicos periódicos locales, no sustituye con fortuna al cemento.
e) Así sujeto el ingenio, lo pintó todo por encima con un color distinto del original del techo aunque más o menos, de manera que todo quedase bien homogeneizado.
f) Como era de prever para cualquiera, salvo para el perpetrador del infame remiendo, el gancho soportó el peso de la red durante dos segundos, al cabo de los cuales se rindió y cayó con el lógico y aparatoso estruendo.

Ahora tengo que buscar un taco del tamaño adecuado, colocarlo en un techo de 3 metros de altura sin escalera y mandar un mensaje insultante al ingenioso pero fatídico albañil el cual, por cierto, realizó otras muchas obras en casa de cuya consistencia estoy empezando a dudar y que me tienen un poco asustado. Quizá el día que conecte el aire acondicionado del salón el aparato salga expulsado como un bólido o se hunda el techo de la cocina cuando cierre fuerte la puerta de la despensa; quizá cuando aumente la humedad ambiental se me inunden los armarios de los baños o hagan imposible cerrar las ventanas, o puede, finalmente, que aquel curioso bultito que se ve en la pared del vestíbulo y que yo pensaba lijar cualquier día de estos, sea la clave de bóveda que derrumbe todo el edificio si alguien lo toca.
O tempora, O mores!

jueves, 29 de noviembre de 2007

Visita Real

El Aga Khan ha visitado Maputo. La cosa no parece tener mucho interés para un mortal común, pero vaya si la ha tenido. Su Alteza Real, líder espiritual de la comunidad ismaelitas, fue invitado por el Presidente de Mozambique a pasar cuatro días en el país, en el que tiene grandes intereses económicos y gestiona importantes proyectos de cooperación. Además, la visita se enmarcaba (como dicen los periodistas) en una serie de viajes de cumplido que Su Alteza está haciendo con motivo de su Golden Jubilee o Bodas de Oro como Imam de la Comunidad Islámica Ismaelita. Uno, en su ignorancia, pensaba que el Aga Khan era una especie de príncipe de cuento que, de vez en cuando, salía en las páginas del papel couché pero resulta que no, que los ismaelitas son una comunidad multiétnica de la rama chií del Islam, -concretamente la segunda en importancia después de los Twelvers- en número de fieles difícil de calcular pero que va, según autores, de los 15 a los 30 millones de personas y que tiene en Pakistán uno de sus principales asentamientos. El Aga Khan, conocido por los ismaelitas como Mawlana Hazar Imam, es el 49 Imam hereditario que desciende del Profeta y su importancia y prestigio en el mundo islámico es extraordinaria. Como da la casualidad de que la comunidad indiana de Mozambique es, mayoritariamente, de origen pakistaní, héte aquí que la visita del Aga Khan se ha convertido en un acontecimiento de relevancia trascendental que nos ha traído de cabeza, especialmente a los que, como yo, estábamos a la luna de Valencia.
El magno acontecimiento ha coincidido con un aluvión de visitas, alguna de trabajo y, otras, de queridos amigos. El caso es que todas tuvieron que alojarse en mi casa porque Su Alteza Real y su interminable séquito habían ocupado, literalmente, todos los hoteles de Maputo excepto las pensiones de mala muerte que, sin que haga falta echarle mucha imaginación, aquí son dignas de tal nombre. Total, que de manera apresurada, hube de acomodar a todos como pude teniendo en cuenta que mi casa, con todo el espacio y maravilla que contiene, no es precisamente un mundo de confort. No ando sobrado de mobiliario, el menaje llega a duras penas y la ropa de casa es un bien escaso, así que nos apretamos como pudimos y compartimos lo que había, dando todos mis huéspedes muestras de paciencia infinita e impagable bonhomía. Gracias a ellos.
Para colmo, la semana en que hemos coincidido todos, ha hecho un calor horroroso, una humedad pegajosa hasta la náusea y ha coincidido con la eclosión general de los mosquitos residentes en Maputo que se habían debido reventar poniendo huevecillos durante el invierno. O eso, o se celebraba la convención universal de trompeteros porque no había yo visto tal cantidad de insectos en mi vida. Las salamanquesas engordaban por momentos a la luz de los portones.
Naturalmente, hemos sido víctimas de mil y una picadas aunque, afortunadamente, parece que sin consecuencias.
Durante las tórridas y casi insomnes noches, averigüé que ya amanece a las cuatro y cuarto de la mañana, que la habitación donde me tocó dormir carece de cristal en una de las ventanas, que al guarda de noche le gusta escuchar ritmos latinos hasta las tres de la madrugada y que no hay manera de hacer callar al simpático pájaro nocturno que vive en el Cocotero de mi jardín cuyo metálico e incansable tink-tink llega hasta el amanecer.
¡Felices noches de verano!

martes, 27 de noviembre de 2007

Delicioso Biltong

Una de las sorpresas culinarias de África del Sur o, por lo menos, de las más sabrosas, es el biltong. Se trata de una manera de preparar la carne que recuerda mucho a la cecina española. En nuestra patria no hay ya mucha tradición –aunque en otros tiempos abundaba- y apenas se encuentra normalmente en otros lugares que no sea el norte de la provincia de León y, aun así, con poca variedad. Cuando yo era niño se producía y consumía cecina de cabra, de chivo, de oveja, de équido (me temo que burro) y, naturalmente, de vaca. Hoy, sólo esta última está normalizada y ha dejado de fabricarse en casa, que es como yo la recuerdo. En las montañas de León, junto con el jamón, los chorizos y demás embutidos de la zona, no faltaba la pierna casera de cecina.
Pues bien, en Sudáfrica, la de la cecina, o biltong, es una industria floreciente que ofrece variedades asombrosas que van, desde la tradicional de vaca hasta la de todo tipo de presa de caza, avestruz y hasta pescado.
El biltong deriva de un método de preparación y conserva de alimentos que los holandeses inventaron para servirse de ellos en sus viajes de colonización, especialmente los que les trajeron en el siglo XVII a Sudáfrica. Ante la falta de ganado, se sirvieron de la caza y de las presas que encontraron y aprendieron a conservar en un clima húmedo y caluroso, en un tiempo en el que no había hielo ni frigoríficos. Parece ser que el biltong fue, en realidad, un invento perfeccionado por los bóers que salieron de Ciudad del Cabo en dirección norte protagonizando el Great Trek.
El biltong se hace macerando la carne en vinagre, luego se escurre y se añaden sal y otras especias muy variadas para, finalmente, ponerla en los secaderos. Las variedades de biltong son incalculables. Aparte de los diferentes tipos de carne que se utilizan, como el Kudu, Elan, Avestruz, Impala y cualquier tipo de venado o pieza de caza, las preparaciones y aderezos dependen de la imaginación del fabricante: tierno, duro, en palitos, en rodajas, picantes, suaves, con hierbas, mezclas aromáticas y un sin fin de sabores. El biltong se toma muchísimo como aperitivo, acompañado de cerveza, aunque ya lo he visto hasta en pizzas y dando sabor a patatas fritas y ganchitos. Un servidor, amante de la cecina y de las salazones, ha encontrado en este producto un mundo fascinante de sabores y emociones que brindo al respetable. Salud!.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Frases lapidarias

Circulan por la red muchas versiones de una colección de chascarrillos que viene a llamarse, más o menos, verdades absolutas. Son pequeñas frases ingeniosas, sentencias o simples chistes con los que hacer sonreír al lector como aquélla de« “Toda cuestión tiene dos puntos de vista: el equivocado y el nuestro” o “Si una piscina es honda, el mar será Toyota”. Como se puede apreciar, el nivel no es muy exquisito pero qué se la va a hacer.
El caso es que también los mozambiqueños han redactado una colección de frasecillas lapidarias que aparecen frecuentemente por los correos funcionariales. Tienen una gracia especial porque no se trata sólo de chistes sino que encierran, en algunos casos, una cierta filosofía vital, muy africana diría yo. Dejo aquí una selección para regocijo del lector.

“Todas las setas son comestibles… por lo menos una vez.
Nacemos calvos y sin dientes, todo lo que venga luego es ganancia.
Los amigos vienen y van pero los enemigos siempre se acumulan.
El amor es ciego, por eso es preciso tocar.
Si no quieres tener hijos, acuéstate con tu cuñada. Tendrás sobrinos.
Algunos quieren tanto a sus mujeres que, para no gastarlas, usan las de sus amigos.
Si un día te sientes inútil o deprimido, piensa que una vez fuiste el espermatozoide más rápido de todo el grupo.
¿Por qué los hombres persiguen a mujeres con las que no se quieren casar? Por lo mismo que un perro corre detrás de un coche que no pretende conducir.
Los hombres mentirían mucho menos si las mujeres no preguntaran tanto.”

Qué aproveche.

martes, 13 de noviembre de 2007

Vecinos

No vivo solo. A mi alrededor bullen los insectos, los pájaros, el búho que vive en al araucaria y los ratoncillos grises. Uno, chiquito y peludo como una bola de pelusa, que por descuido entró en casa y que corría de tanto en tanto entre la lavadora y el fogón, resultó finalmente atrapado por las trampas de Silvia.
Las hormigas, los escarabajos y las mariacafés, esos gusanitos milpiés que se enrollan formando una especie de concha perfecta, pasean de un sitio a otro explorando el mundo. Aquí coloco a dos de mis pequeños vecinos.

Desarrollo, burocracia y otras hierbas

Este es un país en el que todo discurre normal y plácidamente. O, al menos, hasta que sucede algo. Es en las emergencias o en lo extraordinario cuando el viajero se percata de que no todo brilla como parece, casi nada es tan fácil como se espera ni las cosas discurren tan fluídamente como la vida local se complace en indicar. Por el contrario, suelen brotar de cualquier parte los inconvenientes, las trabas y los empellones que un instante antes parecían no existir, mientras que las cosas más nimias se convierten en problemas terribles, barreras infranqueables y agotadoras pruebas para el paciente sufridor. Los problemillas que en casa se resolverían con una llamada telefónica (siempre que no responda un contestador pregrabado de los de "si desea la opción b pulse cinco") aquí se convierten, por menos de nada, en un cúmulo de fatalidades que ríase Vd. de los doce trabajos de Hércules o de la Odisea, sin ponernos dramáticos.
La otra noche, unos malandros me rompieron la ventanilla trasera de mi bakkie. Se ve que, a falta de ganzúas u otros instrumentos típicos del noble oficio del murcio, intentaron abrirla con una piedra, herramienta mucho menos sutil e incomparablemente más basta pero que tiene la ventaja de su disponibilidad universal y su apariencia poco sospechosa. Pero claro, tampoco es una cosa muy precisa, de modo que se les fue la mano y se les rompió todo el cristal. Digo esto con conocimiento científico del modus operandi, porque se veían claramente las marcas de las pedradas contra la sufrida cerradura de la ventanilla y las rayaduras en el cristal contiguo al apoyar la piedra contra él. El caso es que la ventanilla se rompió, entraron en la carrinha y no se llevaron nada porque nada había, pero me dejaron con un hermoso hueco en la parte posterior que resfrescaba mucho pero que impedía un uso normal del vehículo. Total, que me fuí a dar parte al seguro.
Ya he dicho alguna vez que aquí lo de los seguros es una cosa muy extraña y que la mayor parte de los coches no lo han conocido en su vida. Las aseguradoras son muy escasas y sus oficinas son lugares semidesérticos en los que los empleados se pasan las horas mirando a las musarañas por falta de material laboral alternativo. El trato, por supuesto, es personalizado. Uno se siente tratado como un Rothschild que fuera a abrir una cuenta corriente en Cajamadrid.
La recepcionista me condujo ante el tramitador que lo dejó todo para atenderme y me sentó en su despacho. Aquí el parte no lo rellena uno en cola interminable. Aquí el tramitador le ofrece a uno un té mientras saca parsimoniosamente sus instrumentos de escritura y se dispone a cumplimentar el impreso de declaración de siniestro como si fuese a escribir la Carta Magna. Va preguntando al asegurado, una por una, todas las cuestiones que aparecen en el documento y que precisan ser rellenadas lo que, en mi caso, se reducía a dos cuestiones relevantes: coche aparcado y cristal roto. Pero no; la burocracia y el exacerbado prurito del empleado hizo que me preguntara cosas absurdas como "¿Se considera culpable del siniestro?" a lo que no tuve más remedio que contestar que sí, si es que la culpabilidad derivaba del pecado original o del hecho de haber aparcado el coche en lugar tan poco saludable. También me preguntó por el causante del daño como si yo hubiera hecho un examen dactiloscópico del coche en el cuarto de baño de mi casa con el kit de Joven Detective de la Señorita Pepis.
En aquél interrogatorio tardamos más de media hora pero la cosa no acababa sino de empezar. Ahora se trataba del problema del perito. El caso es que eso del peritaje industrial que se usa en nuestros países es aquí cosa desconocida. El perito es un ser fantasmal que no se sabe donde mora ni cuando puede aparecer. Lo único que entendí es que allí no estaba, que no se le esperaba, y que tampoco iba a pasar por el taller dado que mi coche -en palabras literales del tramitador- "se movía". Claro que se mueve -dije yo- pero lo hará fuera de mi alcance y para siempre si lo aparco en cualquier sitio con la ventanilla abierta. El problema, sin embargo, se presentaba insoluble. Al perito sólo se le podía ver en un extraño aparcamiento del centro al que va únicamente de 12 a 2 de la tarde. No iría al taller y tampoco había manera de que el coche se reparase sin su intervención. Intenté hacer ver al empleado que un cristal era un cristal y que se trataba solo de sustituirlo y que, en todo caso, él mismo podía comprobarlo y luego decírselo al perito cuya misión, en este caso, estaba limitada a la valoración de la pieza de recambio. Pues nada. Después de una fatigosa hora de toma y daca, conseguí que el tramitador viese el coche y admitiese -provisionalmente porque aquí casi nada es definitivo- la posibilidad de sacar una fotografía para adjuntar al expediente y que el perito se limitase a valorar el cristal de la ventanilla. Yo, mientras tanto, llevaría el coche al taller para que le pusiesen urgentemente la pieza y poder circular. Saqué las fotografías y se las mandé al interfecto que no respondió esta boca es mía durante el resto del día. Por la tarde me llamó el del taller porque ya había reparado la pieza y se trataba de ver quién era el afortunado que se hacía cargo de la facturita. Llamé de nuevo al del seguro y me dijo que había estado muy ocupado pero que hablaría con el perito; luego el del taller me dijo que si no pagaba alguien, el coche no se movía de ahí. El del seguro replicó que las fotos estaban siendo analizadas; el del taller, que no pasaba nada, que se quedaba el coche en depósito; el del seguro que agradecía mucho mi llamada pero que en horas de almuerzo no podía solucionar nada; el del taller, que el departamento de finanzas se estaba poniendo nervioso y el del seguro que le volviera a enviar las fotos que el perito no las entendía. Yo, de vez en cuando, les rogaba que se hablaran directamente entre sí porque mi intermediación, con toda evidencia, no estaba resultando práctica. Total, sigo sin coche, sin fotos y, a lo que se ve, sin seguro.
Postdata: Hoy ha venido el infame canalizador (fontanero) que me tiene arruinada la casa con sus fallidas reparaciones. Su diagnóstico ha sido una sentencia: "esto va a ser que el agua sigue saliendo". Inconmensurable.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Calamitas virtutis occasio est

De mi querido y nuevo compañero de fatigas en Maputo, al que llamaré Paco para que no le reconozca el fetiço que parece acompañarle desde que llegó, no puedo decir nada que no sea bueno: afable, trabajador, divertido, sacrificado, extraordinario amigo... Sin embargo, la fatalidad parece acompañarle hasta extremos que nadie, hasta ahora, logra explicarse. En pocos meses ha logrado ser detenido en los controles de la policía más veces que nadie; tiene el record de averías automovilísticas; su casa -nuevecita- está llena de defectos que nadie repara (esto me suena); ha sufrido experiencias aduaneras dignas de una película marxista (facción Harpo) y ha experimentado el raro fenómeno de que todos aquellos a los que ha invitado a venir a Mozambique han dicho que sí.
A mí me pasó justamente lo contrario: cuando anuncié a amigos y familiares que me expatriaba al Africa Austral, casi por unanimidad expresaron su deseo de venir a hacerme una visita. Luego, claro está, las cosas se enfrían, los costes se disparan y el tiempo, la distancia y las ocupaciones nunca terminan de encajar. Total, que salvo unos pocos elegidos, ninguno de los entusiastas candidatos que a la sazón se postularon, ha terminado por llegar. Esto, si bien es algo fastidioso para la soledad del pobre expatriado, tampoco supone ningún incomodo, ya no hay que preocuparse por nadie, preparar viajes, atender en casa, acompañar, proporcionar ayuda y asistencia y, en fin, experimentar todas esas entrañables, conocidas, pequeñas, e inevitables servidumbres derivadas de la compañía y la amistad.
A Paco le han venido, en pleno, todos aquellos a los que invitó. Incluso en número tal que podrían obtener rebajas por viajar en grupo. Lleno de probidad y sacrificio, el pobrecillo ha hecho todo tipo de esfuerzos para contentar a sus huéspedes, compartiendo sus horas, sus desplazamientos turísticos y sufriendo con ellos algunos avatares dignos de mejores y más extensas crónicas. Pero lo que pasó ayer supera, con mucho, cualquier antecedente.
Resulta que, para aprovechar la semana, Paco recomendó a sus visitantes, en número de cinco, que visitaran las playas de Inhambane, concretamente Tofo. Todo iba bien desde el miércoles en que llegaron. Se alojaron, como es habitual, en una de esas pequeñas cabañas de madera situadas a la orilla de la playa, un modelo de casa tradicional muy típico de la zona y muy agradable, que permite una estancia fresca y natural en condiciones confortables.
Estos días, casi toda la costa está experimentando fuertes temporales. En Maputo llueve mucho y más al norte se han producido grandes tormentas. Ayer, en Tofo, los amigos de Paco decidieron dar un paseíto por la playa. Pertrechados con poco más que unas chanclas y la ropa de baño, comenzaron a andar por la beira do mar cuando se desató una fuerte tormenta con lluvia rabiosa y aparato eléctrico. Decidieron regresar a la cabaña y comenzaron a andar cuando se apercibieron de que en el horizonte se veía una columna de humo. La cosa parecía surgir de la zona en la que se encontraba su choza así que apuraron el paso y apreciaron que por debajo de la columna se veían llamas. Al llegar al lugar del siniestro se dieron cuenta de que una cabaña estaba ardiendo: la suya. Un rayo había caído sobre ella derrumbando la techumbre y carbonizando absolutamente todo lo que allí se encontraba: equipaje, utensilios, dinero y documentación. Empapados por la lluvia, en bañador y en chancletas, los cinco viajeros se quedaron con la boca abierta.
Lo que sigue es cosa que aún éstá en pleno proceso de desarrollo; habrá que reproducir la documentación para que puedan salir del país y habrá que buscar todo lo demás para que puedan subsistir. Emergencia consular, atestado policial, problemas de seguros, burocracia, líos de transporte de vuelta y el pobre Paco, agotado, en medio del mäelstrom, con la única sensación de alivio de pensar en lo que podría haber ocurrido si el rayo hubiera caído en la cabaña con todos sus amigos dentro.
Ya se sabe que las desgracias nunca vienen solas pero hay veces en que se ceban con el mismo.

martes, 30 de octubre de 2007

El Scala

No sé si alguna vez se habrán preguntado los amables lectores porqué todos los cines del mundo acostumbran a usar un mismo catálogo de nombres propios. A poco que uno haya viajado, habrá visto que casi en cada ciudad hay un Carlton, un Palace, un Lido, un Metropolitan, un Savoy, Olimpia, Coliseo, Scala o un Astoria. Junto a ellos, claro, se encuentran otras variedades locales, pero aquéllos vetustos nombres perduran en esa especie de universal catálogo patronímico, herencia misteriosa de glorias pasadas, casi siempre asociadas a viejos edificios o antiguos locales postineros cuya huella ha quedado en el recuerdo nominal pero apenas en la memoria efectiva. Maputo no iba a ser menos y, de los cuatro cines que tiene, uno se denomina Cinema Scala, en la Avda. 25 de Setembro, frente al Café Continental, es decir, en pleno centro neurálgico de la antigua Baixa de la ciudad. Los otros tres son el Gil Vicente, el Xenon y el Africa. Como se puede apreciar, se mantienen las proporciones clásico-locales en el reparto de nombres.
Excepto el Xenon, más moderno y al estilo de las multisalas europeas, los otros tres cines permanecen en el estado en el que se encontraban durante el tiempo colonial. Grandes estructuras, techos inalcanzables, cabidas multitudinarias, pantallas gigantescas y sillería de madera, eskay y latón. El Scala y el Africa son, cada uno en su estilo, reliquias gemelas de aquellas salas españolas de lujo de los años cincuenta, con sus grandes entradas, sus salas repletas de florones y dorados, su bombón helado, sus acomodadores y su no-do, su suelo de madera, sus alfombras corridas y sus butacas rematadas con tachuelitas de latón. Ambos cines están en uso, aunque su aprovechamiento resulta muy escaso. Para un cinéfilo empedernido como quien esto suscribe, da un poco de pena ver las salas semivacías, las butacas desportilladas y el polvo adueñándose de paredes, lámparas, estuquería y escenario, como si ocupara los tristes huecos que dejan los espectadores ausentes.
En el Scala se ha celebrado un pequeño festival de cine español que organiza la Embajada. Ocho películas recientes que nos han traído el siempre agradable aroma del hogar. Yo, lo confieso, no he conseguido verlas sin leer los subtítulos, lo que me ha parecido realmente chocante y aun pasmoso, pero he disfrutado viendo cómo traducían al portugués diálogos castizos y cerrados que apenas sé cómo se pueden entender en otro idioma. Esto ocurría especialmente con la variedad de palabras malsonantes de las que disfrutamos en español. El portugués, al menos el más formal –en Oporto no es lo mismo- no se caracteriza por el uso de palabrões y resultaba curioso ver cómo, por ejemplo, una interminable retahíla de insultos con todo tipo de alusiones genéticas y fisionómicas se traducía, monocorde e invariablemente, como cabra o, ya como algo fuerte, cabrão. Con este vocabulario, pensaba yo, los conductores madrileños enmudecerían de sopetón.
Durante la proyección, el sonido no se veía perturbado por los teléfonos móviles sino que volvía a ser amenizado por los viejos crujidos de la madera de las butacas en las que se rebullían los espectadores. En el Scala, solo falta el hombre de las palomitas, con su chaquetita blanca, para que el regreso al pasado sea completo.